viernes, 19 de mayo de 2017

Jorge Luis Borges

Cambridge

Nueva Inglaterra y la mañana. 
Doblo por Craigie. 
Pienso (yo lo he pensado) 
que el nombre Craigie es escocés 
y que la palabra crag es de origen celta. 
Pienso (ya lo he pensado) 
que en este invierno están los antiguos inviernos 
de quienes dejaron escrito 
que el camino esta prefijado 
y que ya somos del Amor o del Fuego. 
La nieve y la mañana y los muros rojos 
pueden ser formas de la dicha, 
pero yo vengo de otras ciudades 
donde los colores son pálidos 
y en las que una mujer, al caer la tarde, 
regará las plantas del patio. 
Alzo los ojos y los pierdo en el ubicuo azul. 
Más allá están los árboles de Longfellow 
y el dormido río incesante. 
Nadie en las calles, pero no es un domingo. 
No es un lunes, 
el día que nos depara la ilusión de empezar. 
No es un martes, 
el día que preside el planeta rojo. 
No es un miércoles, 
el día de aquel dios de los laberintos 
que en el Norte fue Odin. 
No es jueves, 
el día que ya se resigna al domingo. 
No es un viernes, 
el día regido por la divinidad que en las selvas 
entreteje los cuerpos de los amantes. 
No es un sábado. 
No está en el tiempo sucesivo 
sino en los reinos espectrales de la memoria. 
Como en los sueños 
detrás de las altas puertas no hay nada, 
ni siquiera el vacío. 
Como en los sueños, 
detrás del rostro que nos mira no hay nadie. 
Anverso sin reverso, 
moneda de una sola cara, las cosas. 
Esas miserias son los bienes 
que el precipitado tiempo nos deja. 
Somos nuestra memoria, 
somos ese quimérico museo de formas inconstantes, 
ese montón de espejos rotos.

Elogio de la sombra (1969)

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