viernes, 30 de julio de 2010

Yoga y conciencia Ana M. Desirello


El yoga es el estudio y aprovechamiento de la energía universal individuada en el ser humano. Las diversas técnicas yóguicas trabajan sobre las distintas manifestaciones energéticas en la persona: físicas, emocionales y mentales, siendo esta última una de las más importantes.

La mente, a causa de las presiones y condicionamientos a los que está sujeto, puede tomar dos direcciones, hacia lo positivo (supraconciencia) y hacia lo negativo (inconciencia). El que se incline a un lado o al otro depende del entrenamiento adecuado que consiste en técnicas de concentración para fijar la energía mental en el objeto seleccionado; en su posterior meditación para prolongar la concentración; y por último en la contemplación, que se da cuando el individuo que se concentra, el proceso de la concentración y su objeto, se funden en una única experiencia directa.

Cada proceso es experimentado para pasar al siguiente. Y a través de los tres pasos, se trata de conocer y comprender las energías que conforman la existencia y el funcionamiento de las mismas dentro y fuera de una misma. Porque entender dicho funcionamiento es evitar el sufrimiento que la ignorancia proporciona, es comenzar a controlarlo y poder sujetar, canalizar y utilizar sabiamente las energías para fines positivos y provechosos.

El yoga es una búsqueda de la sabiduría, de la iluminación. Este mecanismo adquiere un alto significado y una importancia capital que no puede ser aprehendido por la mente ordinaria ni a través de los pensamientos ordinarios. Hay que moverse con el proceso, no pensándolo, si no viviéndolo, cambiando cuando cambia, uniéndonos y fluyendo con él.

Creemos que somos dueñas de nosotras mismas, que originamos nuestras acciones cuando en realidad son reacciones involuntarias a los estímulos del mundo exterior o de nuestro subconsciente. La persona liberada es aquella que ha descubierto la inconciencia en que vivía, ha sido capaz de comprender, y ha comenzado a vivir una existencia con la mente despierta, emancipada. Así se pueden determinar los propios actos, pensamientos y emociones. Se deja de reaccionar mecánicamente y obtenemos plena conciencia del proceso, de nuestro ser

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